En el artículo “El perro y el madroño”, el autor muestra una actitud crítica y reflexiva. A través de una visión subjetiva el autor no se limita a descubrir la realidad humana, sino que lo valora mediante el uso de adjetivos valorativos, que representan su conexión emocional, como cuando define el paseo como un (“deber gozoso”) o califica la compañía canina como la (“distracción más bonita”). Esta actitud se refuerza con el uso constante de la primera persona del singular (“Me fijo”), (“creo”), lo que vincula el texto con la función expresiva del lenguaje. El autor también emplea figuras literarias como la antítesis (“dando vida a las horas muertas”), a través de esta figura el autor enfrenta dos conceptos opuestos la (“vida”), representada por el movimiento y la alegría de los perros, frente a (“las horas muertas”) que plasma el silencio, la soledad y la inseguridad de la noche. Explicando así que la presencia de los animales elimina la sensación de soledad y vacío en las calles nocturnas.
La intencionalidad del autor es convencernos de que los perros mejoran la vida en los barrios. Para lograrlo, utiliza la función apelativa e intenta que nos sintamos identificados usando la primera persona del plural (“compartimos la vida”), (“nos ha atado”). El autor busca que su mensaje llegue a todo el mundo, por eso usa un lenguaje sencillo y un registro estándar que cualquiera puede entender (“un barrio con perros es un barrio con paseadores”). Finalmente, a través de adverbios de modo que expresan subjetividad sobre el ritmo de vida actual, el autor muestra crítica a quienes pasean (“tecleando en su pantalla frenéticamente”), pretendiendo llamar la atención y modificar la conducta del lector, invitándole a mostrar la naturaleza que (“sigue latiendo la ciudad”).
Miguel Ruiz Argüeso