En Nada cada lugar, momento y pensamiento construyen de manera profunda y precisa la realidad que vive Andrea sumado a su toque personal. El lugar evoca con precisión el sentimiento de libertad o represión que vive Andrea en Barcelona, el tiempo ayuda a entender mejor sus sentimientos y todo sumado a su manera de expresarse le da un toque especial e íntimo a una acción o intriga central casi inexistente.
Los ambientes cerrados representan la carga psicológica y personal que sufre Andrea, de hecho, la casa de la calle de Aribau y su creciente y reinante desorden, tras la posguerra, le provocarán cierta repulsión e intranquilidad. La falta de orden, las malas condiciones de mantenimiento de la vivienda, la luz y los ambientes y las invasivas presencias de sus familiares contribuyen a la representación de la sensación de pesadumbre y hastío constante de Andrea (“Un fondo oscuro de muebles colocados unos sobre otros como en las mudanzas”).
Por otro lado, el tiempo es utilizado como una “droga” que acelera la percepción de la realidad, hay momentos en los que los días parecen semanas y en los que cada segundo lleva consigo una carga emocional enorme. Cuando avanza la obra, se llega a conocer algo del pasado feliz de Andrea, lo que contrasta bastante con la inexistencia de una trama como tal. Lo que empuja verdaderamente a seguir leyendo es la carga emocional y connotativa que aporta Andrea a la vida de su trastornada familia recién descubierta (“Luego me pareció todo una pesadilla”).
Además, es una narradora-testigo, como ya he mencionado, no hay una trama como tal. A lo largo del libro observamos lo que ve Andrea, vivimos lo que siente, reflexionamos sobre lo que ella razona y sufre. Podría ser la vida de cualquier persona, solo que Andrea aporta una visión impresionista y una profundidad a su historia cargada de emociones y determinadas vivencias que la marcarán (“Intrigada, arrastré la maleta y cerra la puerta detrás de mí”).
Tudor Leon