Gabriel García Márquez era un escritor que se caracterizaba por escribir por placer, es decir, creando historias sentía un disfrute que a la hora de leer sus obras se puede sentir. Esta intención de dejar su toque personal hizo que siempre intentase dejar sus obras lo más pulidas posible, haciendo que el disfrute al leer alguna de sus obras quede asegurado.
Como rasgo a recalcar, en muchas ocasiones, su detallismo se puede considerar insólito, ya que aporta una serie de concisiones con una precisión que puede llegar a dar pensar que muchas veces los datos son inventados. En este caso, los detalles puntuales que aporta hacen que parezca que lo que dice el cronista son ocurrencias sin mucha veracidad (“Pedro Vicario estaba en la puerta, lívido, desgreñado, con la camisa abierta u las mangas enrolladas hasta los codos”).
Además, suele hacer uso de recursos estilísticos, con la intención de construir un mundo más cercano para el lector. La manera con la que juega con las palabras, utilizando todo tipo expresiones, adorna su mundo personal y hace que el lector sienta una inmersión persistente a la hora de leer y adentrarse en el mundo creado por el autor. En este caso utiliza una metáfora para hacer referencia al destino inevitable de la víctima, sellado por la honra de los Vicario (“Los muertos no disparan”).
Para acabar con la explicación, en esta obra, normalmente, cuando un personaje da su testimonio, o mismamente, el mismo autor habla sobre lo que le han contado los testigos suele utilizar un registro coloquial. Esto aporta credibilidad a su historia al hacer que los personajes interactúen y se comporten como gente real, dando la impresión, al leer, de conocer a una persona de verdad (“Si no hubiera sido por eso –me dijo Cristo Bedoya-, nunca hubiera salido cuál de los dos era cuál”).
Tudor Leon