2/16/2011

Nada, técnica narrativa

            Al día siguiente fue Ena la que me rehuyó en la Universidad. Me había acostumbrado tanto a estar con ella entre clase y clase que estaba desorientada y no sabía qué hacer. A última hora se acercó a mí.
-No vengas esta tarde a casa, Andrea. Tendré que salir… Lo mejor es que no vengas estos días hasta que yo te avise. Yo te avisaré. Tengo un asunto entre manos… Puedes venir a buscar los diccionarios… (porque yo que carecía de textos, no tenía tampoco diccionario de griego, y el de latín, que conservaba del Bachillerato, era pequeño y malo: las traducciones las hacía siempre con Ena). Lo siento –continuó al cabo de un momento, con una sonrisa mortificada-, tampoco voy a poder presentarte los diccionarios… ¡Qué fastidio! Pero como se acercan los exámenes, no puedo dejar de hacer las traducciones por la noche… Tendrás que venir a estudiar a la Biblioteca… Créeme que lo siento, Andrea.
-No te preocupes, mujer.
Me sentía envuelta en la misma opresión que la tarde anterior. Pero ahora no era un presentimiento, sino la certeza de que algo malo había sucedido. Resultaba de todas maneras menos angustioso que aquel primer escalofrío de los nervios sentido cuando vi a Ena mirar a Román.
                                                                                              
La acción transcurre durante el curso 1939-1940, pero se producen algunos retrocesos temporales, basados en los recuerdos de sus otras estancias de Andrea en Barcelona, cuando iba a pasar los veranos a la casa de sus abuelos de la calle Aribau. (Podemos aplicar la cronología biográfica de Andrea a la autora, Carmen Laforet.)
           La narradora se sitúa en un pasado cercano a los hechos. Si acudimos a la biografía de la autora, podemos fecharlo en 1944, que es el periodo en que se escribió la novela.   El relato se presenta como una recopilación de recuerdos, narrados en un orden lineal. “Me sentía envuelta en la misma opresión que la tarde anterior”, “el de latín, que conservaba de Bachillerato”
Al estar escrita en primera persona, el punto de vista narrativo es el de la protagonista testigo. No es una protagonista que nos cuenta lo que hace, sino lo que va observando, lo que va ocurriendo a su alrededor; “ aquél primer escalofrío de los nervios sentido cuando vi a Ena mirar a Román” Pero la narradora utiliza también de manera ocasional un punto de vista omnisciente, para adelantar acontecimientos. “la certeza de que algo malo había sucedido” En otros momentos, la narradora se retira para dejar contar la historia a otros personajes. Otras veces explicita sus comentarios o reflexiones sobre lo que va escribiendo.
La escritura no es una mera reproducción de recuerdos, sino un ejercicio de memoria que reproduce el pasado con criterios selectivos; “ Me sentía envuelta en la misma opresión que la tarde anterior”. Las abundantes expresiones del tipo “entonces”, “en aquel tiempo”, marcan un distanciamiento más emotivo que cronológico: la Andrea que escribe se distancia de la Andrea que vivió la crisis de iniciación a la vida adulta. La propia escritura de la obra se convierte en un ejercicio de introspección, una narradora distanciada de los hechos, pasada ya la crisis  de la adolescencia, saca lecciones del pasado al mismo tiempo que lo recupera y lo narra; “Resultaba menos angustioso que aquel primer escalofrío”.
Tiene especial interés la frase que da título a la obra: “de la casa de la calle Aribau no me llevaba nada. Al menos, así lo creía yo entonces” Este “así lo creía yo entonces” deja abierta la interpretación de la obra ya que la narradora sugiere que la experiencia vivida marcó de alguna manera, aunque no nos lo quiere aclarar.
La estancia de la protagonista en Barcelona, se convierte en el ámbito existencial de una experiencia decisiva. El cambio espacial, el viaje, se vincula a un cambio existencial. La estancia en Barcelona es una experiencia vital decisiva, situada entre la infancia en Canarias y Madrid, donde se supone que la protagonista ha alcanzado su madurez personal. El marco espacial de la novela es muy concreto y reconocible. La obra comienza cuando la protagonista llega a Barcelona y termina cuando se marcha de ella. Casi toda la acción narrativa transcurre en espacios urbanos, salvo algunas excursiones fuera de la ciudad; “… en la Universidad
La autora no nos proporciona una visión realista, costumbrista, de la ciudad, sino subjetiva, impresionista. Las referencias a lugares de la ciudad son precisas, no muy detalladas, ni situadas en una época muy concreta.  La ciudad es un marco un tanto difuso y atemporal, con pocas alusiones a la vida cotidiana o descripciones del paisaje urbano. Detalles que podemos relacionar con la autora, es que a  Andrea no le gustaba pasear por la Barcelona de Gaudí y el modernismo, por rebeldía contra los gustos de su padre, al igual que Carmen Laforet, solía pasear por la Barcelona medieval. Aunque son escasas las referencias de las huellas de la guerra de la ciudad, hay abundantes referencias a la miseria y al hambre que reinaban en la ciudad; “ no tenía tampoco diccionario de griego”,  pero se trata de alusiones dispersas que carecen de un afán de crítica o de denuncia.
Es muy marcada la oposición entre los espacios interiores y los espacios exteriores. Los primeros representan el ámbito de la opresión, de la frustración, mientras que los exteriores adquieren connotaciones de libertad, felicidad. (cuanto más se aleja de la calle Aribau, más feliz es.) Los espacios interiores son sucios, sórdidos, en consonancia con la decadencia económica y moral de los familiares de Andrea. Dentro de la casa cada personaje proyecta su personalidad en su espacio propio, en su habitación. Andrea se refugia en su habitación, pero también en el cuarto de baño. Para ella, ducharse tiene un valor simbólico, el de protegerse y limpiarse la suciedad física y moral que la rodea. La autora quiere diferenciar y separar los dos espacios, y en el momento que siente que los dos espacios se relacionan siente miedo; “aquel primer escalofrío sentido cuando vi a Ena mirar a Román”. Los espacios exteriores, representan la liberación, la posibilidad de que Andrea lleve su propia vida lejos del asfixiante ambiente de la casa familiar.
La calle fascina a Andrea, que una chica paseara sola en esa época era algo extraño, contrario a las normas de comportamiento. Los espacios exteriores de la novela se dividen en dos ámbitos sociológicos: uno es perteneciente a la clase alta, son lugares donde se mueven los jóvenes de clase alta con los que se relaciona Andrea. Ella es consciente de las grandes diferencias que existen entre ambos ambientes y quiere mantenerlos separados; “cuando vi a Ena mirar a Román”. Los dos ámbitos entran en conflicto contacto a través de Román. Él es el nexo de unión entre el desquiciado núcleo familiar de la calle Aribau y la familia de Ena. Román es la fuerza maligna que corroe la familia de la calle Aribau, influencia perversa que pone en peligro la estabilidad de la familia de Ena.
Mientras los momentos pasados en el interior de la casa son días sin importancia, asociados a la tristeza y la nausea, los pasados con sus amigos son días incomparables asociados a la dicha; en este fragmento aparece reflejada la necesidad de Andrea de separar los dos mundos y de pasar tiempo con su amiga Ena, ya que son los únicos momentos en los que se siente feliz; “ me había acostumbrado tanto a estar con ella entre clase y clase que estaba desorientada”. En cuanto a las clases de la universidad, no se menciona mucho, esos silencios son expresión del escaso interés de Carmen Laforet por la vida académica.
Las ansias de libertad de la protagonista no se expresan, pues, mediante un discurso verbal, sino mediante transgresiones de los marcos espaciales que las normas de la época asignaban a una chica de su clase social.
                        Comentario realizado por Andrea Tejido

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